Crónica de un viaje por la Ruta del Torrontés Riojano

“Dicen que viajando se fortalece el corazón”, canta Litto Nebbia.  Viajar por Argentina es apasionante y tener la oportunidad de hacerlo en tu auto, mucho más.  Recorrer sus rutas sin prisa, parar a estirar las piernas en parajes inhóspitos, probar platos típicos de cada lugar, es una experiencia fascinante.

Como Sommelier para mi cada viaje conlleva la oportunidad de probar vinos diferentes, muchas veces aquellos que no están dentro del circuito comercial masivo. Este tipo de experiencias es muy común vivirlas en el NOA, donde la cultura del vino casero y artesanal está muy arraigada desde la época de la colonia, y es habitual ver familias enteras que viven de elaborarlos y comercializarlos entre los turistas.

En diez años de profesión tuve la suerte de transitar prácticamente todas las regiones vitivinícolas. Alguna de ellas inclusive, varias veces. Anduve por la costa del mar, por las quebradas, montañas y bardas; descubriendo en el viento y en las piedras el secreto de sus vinos. En todos estos años aprendí algo muy importante: hay información que el vino esconde. Datos que no aparecen en los tratados de enología ni en los libros de amplografía, solo podés conocerlos cuando viajas al lugar y te empapas en su cultura. Escuchar lo que tienen para decir sus lugareños, es la clave.

Me quedaba pendiente un viaje. Creo que el más importante de todos, por su significante familiar y emocional. Todavía no conocía el terruño dónde provenía el blanco fragante, moscatelado y salvaje  que me enamoró los sentidos cuando niña. Aquél blanquito modesto que mi padre servía directo de la damajuana a la jarra, y acompañaba con pocas pretensiones pero con mucho sabor, la cocina de mi madre. El vino para mi también está lleno de recuerdos entrañables. Hay un aroma que me lleva de regreso a mi casa paterna, y ese es el aroma del torrontés riojano.

Hasta Chilecito fuí en su búsqueda, en un viaje de 1.400 km desde Bahía Blanca, a conocer la cuna del Torrontés riojano.

MAPA

Que historia la del “oro riojano”. Desde que llegó a esas tierras agrestes de la mano del conquistador español Don Juan Ramírez de Velazco en 1591,  el Valle de Famatina se transformó en su terruño ideal. Demostró desde el primer momento su gran capacidad para adapatarse y resistir. Una variedad capaz de prosperar en lo que podían  ser las más duras condiciones climáticas, con temperaturas de verano superando los 45°C y lluvias de sólo 180 mm al año. Así fue el Torrontés riojano formando su particular carácter. La personalidad que lo diferencia entre los demás. Una personalidad indómita que en la copa lo muestra terpénico, fragante y hasta salvaje.

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Unas 30 bodegas y fincas integran la ruta que La Rioja dedica al vino. Están las unipersonales, que producen no más de 1000 litros por año; las familiares, de hasta 4000, y las industriales que se cuentan en millones. Entre todas, lograron posicionar a la provincia como un punto enoturístico central. Chilecito concentra el 75% de los establecimientos vitivinícolas con mas de 6.100 hectráreas en plena producción. Seguido por Coronel Felipe Varela con casi 700 hectáreas; mientras que los Departamentos Castro Barros, Famatina, Arauco oscilan entre el 5,5 % y el 1,5 %. reuniendo en total de aproximadamente 800 hectáreas mas que completan la producción de la variedad en la provincia.

El valle del Famatina, es el escenario de las bodegas industrializadas y tecnológicamente innovadoras cuyos vinos son popularmente conocidos en el mercado interno y también en mercados internacionales. En la ciudad de Chilecito, Cooperativa La Riojana es la bodega más grande de la provincia y es reconocida como pionera en la elaboración de Torrontés. Sin dudas, la gran embajadora de la variedad en el país y también, en el mundo.

La cooperativa  fue fundada hace 77 años, resistió e incluso creció, a pesar de los incontables vaivenes de la economía argentina. Logró consolidarse en los mercados y transformarse en un verdadero sostén económico de 500 familias de viñateros. Siguiendo los principios del cooperativismo, cada socio tiene un voto independiente, sin importar si se trata de es un productor pequeño, mediano o grande. Este mecanismo asegura que los intereses de todos los socios sean considerados de la misma manera.

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Llegamos a las instalaciones de La Riojana cerca del mediodía. Es muy sencillo dar con el lugar porque la casa central está ubicada dentro de la ciudad de Chilecito a unas seis cuadras de la plaza que en adelante, tomaremos como punto de referencia.  Allí fuimos muy amablemente recibidos y guiados en todo el recorrido por Belén Vázquez, Técnica en Turismo y responsable del área de visitas de la bodega.  Belén nos contó que La Riojana produce actualmente 40 millones de litros de vino, es el tercer exportador de vinos más importante del país. También nos informó un dato sorprendente: de las 500 familias que participan de la cooperativa, más del 80% son pequeños productores con menos de 3 hectáreas de tierra cada uno. El rol social que cumple la cooperativa, es fundamental para la comunidad de Chilecito y sus alrededores.

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En cuanto a la producción global de torrontés: La Riojana es la mayor productora argentina de esta variedad, elaborando actualmente 20 millones de litros de torrontés en cada una de sus nueve líneas.

El equipo enológico esta comandado por el Dr. Rodolfo Griguol, para él, La Riojana es mucho más que una empresa para la cual trabaja. Su padre fue miembro fundacional llegando en la década del 40 a capataz general de la bodega.  Al terminar sus estudios secundarios, la bodega beca a Rodolfo para que continúe su formación como enólogo y luego le concede otra beca para especializarse en biotecnología enológica en Brasil. Finalmente Rodolfo realiza un doctorado en enología en la Universidad Juan A. Maza en Mendoza y regresa a Chilecito para conformar el equipo enológico de La Riojana.  Gracias a su vasto conocimiento sobre la variedad, Rodolfo Griguol se ganó el mote de “Rey del Torrontés” porque es su responsabilidad vinificar casi la mitad de la producción total del país Torrontés. Uno de sus principales logros fue desarrollar una levadura ecotópica para la producción de vino Torrontés Riojano.

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Vichigasta: Valle de la Puerta y Bodega Hermanos Elías.

Al finalizar la visita a Cooperativa La Riojana tomamos el mapa, la ruta 74 con dirección sur, y fuimos al encuentro de Bodega Valle de La Puerta. A unos 25 Km al sur de Chilecito, camino a Vichigasta nos encontramos con instalaciones que nada tienen que envidiarle a las bodegas más tecnificadas de Mendoza. Valle de la Puerta fue fundada en 2002 está gerenciada por el Ing. Javier Collovati, otra figura de la enología riojana. Javier no solo elabora los vinos La Puerta, sino que además tiene su propia línea que elabora y comercializa en la bodega: Collovati Wines. Javier también acompaña el desarrollo de otras importantes bodegas del NOA como Bodega Kamak en el Valle de Abaucán (Catamarca).

Bodega Valle de la Puerta tiene una capacidad total de elaboración de dos millones y medio de litros de vino. Sus instalaciones son muy modernas y se encuentra altamente tecnificada. Cuenta con unas 1.300 hectáreas en total, compuestas mayoritariamente por olivares. De estas 1.300 Solo 104 hectáreas son de viñedos distribuidos en las variedades Torrontés riojanas, Chardonnay, Malbec, Cabernet Sauvignon, Syrah y Merlot.  Los viñedos se encuentran enclavados en un paisaje realmente imponente rodeados por sierras del Velasco y las Sierras del Famatina, ambas desprendidas de la cordillera de los andes.

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También en Vichigasta se encuentra la Bodega familiar, Elías hermanos S.A. Recomiendo no dejar de probar su Torrontés “La Rioja Cinco Estrellas”. Este torrontés auténtico, aromático y chispeante famoso entre los lugareños que lo compran para su consumo habitual en damajuana de 5 lts. La buena noticia es que ahora también sale fraccionado en botella de 750cc. Para conseguirlo hay que visitar la vinoteca “Vieja Bodega” en Chilecito, atendida personalmente por el Sommelier Hugo Elías. Ojalá pronto lo tengamos disponible en cuircuito vinotecas.

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Un detalle: si bien no tuve oportunidad de pasar a conocer por el poco tiempo disponible, camino a Vichigasta a 14 km de Nonogasta hay una bodega que elabora un torrontés riojano de botella estilo rhin de 700 cc y etiqueta colorida que llamó mi atención de inmediato.  Sencillo, sin falsas promesas, Fincas Riojanas S.A embotella este torrontés cotidiano, muy sabroso y jugoso, para beber todos los días.

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Una vueltita por Pituil:

Yendo justo en sentido contrario de Vichigasta, por la ruta 40 hacia el norte llegamos a la localidad de Pituil, un pequeño y muy pintoresco pueblo del Valle de Famatina con una larga historia de más de 400 años y también tierra de pequeños elaboradores. Allí Eduardo Castro trabaja solo en su bodega familiar, y produce unas mil botellas por año, que se consumen entre los casi 900 habitantes del lugar y alrededores. Este vino artesanal y de fabricación unipersonal se llama “Don Horacio”, en homenaje a su padre. En el mismo pueblo, la familia de Pepe Ríos y Domingo Ríos fundaron en 1933 la bodega Pukará. Durante muchos años, la bodega fue Icono del vino patero de Pituil. Sorprenden sus piletas de fermentación construidas íntegramente en piedra picada a mano. De esta bodega me llevo el recuerdo del más rico Torrontés riojano estilo patero,  sin filtrar y de suave tono anaranjado (a causa de haber sido fermentado con sus hollejos) de toda mi vida!!!

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La Costa: Valle de Aminga,

Hacia el suroeste de Pituil, por la ruta 75 se llega a Aminga, cabecera del departamento de Castro Barros, allí existe una histórica bodega que estuvo 30 años abandonada y en 2012 fue puesta nuevamente en funcionamiento. Se trata Bodega y Fincas Aminga, originalmente una cooperativa fundada por Juan Domingo Perón para regular los vinos de la zona, reabierta a través del sistema Sapen, una sociedad anónima con participación mayoritaria del Estado, en este caso del 99%.

Raúl Chacón, gerencia la bodega que en 2015 produjo 130 mil litros de vinos elaborados con la variedad Bonarda, Malbec, Cabernet y, por supuesto, Torrontés riojano. La marca que lo distingue es Febrero Riojano. El torrontés puntualmente, ya cosechó varios premios.  Destaca su carácter frutal (peras, duraznos y pomelo rosado), su entrada seca y su final discretamente amargo. Una refrescante acidez acompañó toda la degustación que calmó la sed desatada por los 28° que marcaba el termómetro (¡recuerdo que estamos en pleno invierno!). Un muy buen exponente del ímpetu riojano.

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Siguiendo el recorrido al pie del cerro El Velasco se encuentran las 200 hectáreas de viñedos de la prestigiosa bodega San Huberto. San Huberto es la segunda bodega en importancia en La Rioja, dada la cantidad de litros que elabora, unos 5 millones de litros anuales. Su torrontés de alta gama “Nina”, proviene de sus parrales más antiguos y altos, plantados a 1450 mts sobre el nivel del mar en una zona de gran amplitud térmica, cielo diáfano, y gran luminosidad. Nina se expresa elegante, cítrico pero con una nariz bastante más mesurada que sus hermanos riojanos. Impacta su paladar lleno y graso. Es el ejemplar alta gama de Aminga y se desmarca bastante en cuanto a su estilo de sus coterráneos.

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Muy contrastante con el estilo cosmopolita de NINA, también en el Valle de Aminga, apoyado en el cordón de Velasco existe una muy importante comunidad de productores de vino casero, agrupados en ACOVE (Asociación Cordón de Velasco). La región también es conocida como La Costa Riojana, y se caracteriza por una sucesión de poblados hermosos, detenidos en el tiempo que forman un circuito vitivinícola alternativo donde el visitante tiene la oportunidad de probar vinos elaborados con técnicas ancestrales. Productores como Casa India, Los Navarros, Parrales de la Costa, Lomas Blancas, Cruces de Arguinan, entre otros, no llegan a completar las 4.000 botellas anuales, las que comercializan rápidamente entre los consumidores de la región y –si el stock así lo permite- envían algunos selectos clientes de la capital riojana. El vino casero de la finca Lomas Blancas es elaborado con uvas torrontés riojanas provenientes de viñedos propios, conjugando el método tradicional de la bodega familiar y la aplicación de nuevas prácticas enológicas.

La ruta del torrontés riojano fue es de las más hermosas que tuve la oportunidad de recorrer en argentina. De todo lo que me llevé, que es mucho, me sorprendió especialmente la importancia que adquieren en este lado del mapa los pequeños productores de uvas. No hablo solo de la comunidad donde se insertan con sus pequeñas viñas conducidas en parrales y sus practicas ancestrales de vinificación; sino también desde lo institucional, porque se encuentran muy bien organizados y participan en bloque de certámenes y concursos con la finalidad de promocionar su forma de hacer y vivir el vino.  Esto no es casual. Argentina tiene unos 900 productores de vinos caseros y artesanales;  más de un centenar provienen justamente de La Rioja. Las costumbres ancestrales arraigadas fuertemente desde la época de la colonia se mantienen relativamente inalterables en esta parte del NOA. Una identidad y una forma de entender y saber hacer vinos, sobre la que espero, no avance con su pisada tantas veces inclemente, la modernidad.

Resultó poco el tiempo, solo fueron tres días pero los viví con intensidad y muchísima emoción. Fui en búsqueda de un sabor y un aroma que tengo clavados en el alma desde mi niñez. Los encontré en muchos de los vinos que me llevé con tanta sed a la boca, buscando revivir tantos recuerdos. Una vez escribí que elijo siempre beber torrontés riojano porque me gusta el vino que me deja sus garras marcadas. Frente a tanto exponente de la variedad travestido de elegante Chardonnay, fue reconfortante reencontrarme nuevamente con la resina, los terpenos moscatelados, los aromas que no piden permiso, la potentísima impronta frutal y esa personalidad que raya lo salvaje.

Comparto con ustedes algo mágico, que casi siempre nos sucede cuando viajamos. Muchos de los vinos que bebí en el Valle de Famatina no eran desconocidos para mi. Los había bebido varias veces (caso Valle de La Puerta, Collovati, la colección entera de La Riojana, Nina, etc). Sin embargo, beberlos “in situ” fue un redescubrimiento, sobre todo porque pude sentir la fragancia de la variedad cuando el vino está recién embotellado. Algunos, inclusive tenían esa puntita de carbonatación tan encantadora, sobre todo en los artesanales.

¡Gracias por compartir!¡Hasta la próxima!

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